R e s e ñ a  y  f o t o g r a f í a s  d e  l o s  b a r r i o s  d e  B u e n o s  A i r e s   > Floresta  

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Ubicado hacia el oeste de la ciudad.

Límites: Av. Directorio, Portela, Cuenca, Av. Gaona, Joaquín V. González, Juan Agustín García, Av. Segurola, Mariano Acosta.

CGPC: 10

Superficie (en km2): 2,3
Densidad (habitantes/km2): 16.194,3
Población Total: 37.247
Mujeres: 20.341 Varones: 16.906
Fuente: DGESC, en base a datos censales, año 2001.
Aniversario: 29 de agosto

Día del Barrio:  Todos los 29 de agosto se conmemora es Día del Barrio de Floresta, en recordación de la fecha en que arribó la antigua locomotora "La Porteña" al paraje denominado La Floresta año 1857.

Historia:

La zona fue llamada "de La Floresta" y el origen del nombre tiene dos versiones. Unos dicen que se le dio ese nombre porque es un sitio donde abundan las plantas, los árboles y las flores, otros aseguran que es porque antiguamente existió un local público de recreo de propiedad de un señor Soldati, que se llamaba "kiosco de La Floresta", que estaba ubicado justo en la mitad de la cuadra del pasaje Chilecito, entre Bahía Blanca y Joaquín V. González. Era una especie de café, donde por la noche se sumaban la música y mujeres de la noche que lo hacían aún más animado.

Durante muchos años existieron sólo quintas y en las lagunas, formadas por el arroyo Maldonado y por las lluvias, se practicaba la pesca. 

 

Historia

 
El ferrocarril del Oeste llegó en el año 1854 y a la estación se la denominó Floresta. En 1888 cambió su nombre por el de Vélez Sarsfield. La estación cabecera de este ferrocarril estaba en el lugar que hoy ocupa el Teatro Colón. En Floresta nació la primera línea de colectivos que recorría las calles Rivadavia y Lacarra hasta Primera Junta. El propulsor de este servicio, tan típico de la Ciudad de Bs. As., fue Don Manuel Rosendo Pazos. 

 

Unas de las historias más curiosas de esta ciudad datan de este barrio.

El invento del colectivo

Un medio de transporte tan común y necesario en nuestros días en todo el mundo.

La población de Buenos Aires en ese entonces comenzaba a tener varios y determinados vías crucis. Uno de ellos era el del transporte, ya que no alcanzaba a cubrir las necesidades de una población y un mercado en expansión, por lo que enormes extensiones de su perímetro se encontraban aisladas y lejos de cualquier posibilidad de trasladarse con cierta rapidez. El Transporte era brindado por tranvías y subtes, ambos de propiedad inglesa, algunos ómnibus y taxis.

Precisamente el servicio de taxis, precursores del "auto-colectivo", si bien era bueno, carecía de pasajeros ya que nadie o casi nadie quería o podía gastar un peso viajando, por ejemplo, desde Flores a Villa del Parque, por lo que transitaban en fila india por las arterias céntricas con la banderita levantada sin remedio (de allí surgió el neologismo "yirar" como expresión de dar vueltas y vueltas sin resultados positivos). A lo sumo, con suerte el taxista lograba recaudar cinco pesos diarios luego de frenar y acelerar y meter la primera y darle a la segunda desde las siete de la mañana hasta las veinticuatro, con un corto descanso para almorzar (en esa época Buenos Aires aún conservaba aires de pueblo y la costumbre del almuerzo se respetaba diariamente).

Y en este contexto, una tarde de septiembre del año 1928, desde el mostrador del Café La Montaña (local ya desaparecido y que se encontraba en la esquina de la Av. Rivadavia y Carrasco), el mozo miraba aburrido al grupo sentado desde hacía ya mucho tiempo en una de las mesas. Seguramente pensó: "Con tipos como éstos no vamos a ningún lado". Hacía rato que estaban allí, con el café ya consumido y desarrollando una sola actividad: el diálogo. No se cansaban de hablar, pero a juzgar por las caras sombrías, la conversación debía ser preocupante y aburrida.

En esa mesa se encontraban los taxistas:

 José García Gálvez,  Pedro Echegaray, Rosendo Pazos, Felipe Quintana, Lorenzo Forte, Rogelio Fernández, Manuel Pazos (a quien se le atribuye la invención del auto-colectivo), Aristóbulo Bianchetti, Antonio González, Páez, Rodríguez.

Como siempre los temas que estaban en boca de todos eran la difícil situación económica y la falta de trabajo, por lo que como un reflejo de esta situación el viajar en taxis se había tornado inalcanzable para la mayoría de la gente y eso repercutía fuertemente en los bolsillos de estos compañeros de café. Es por eso que surgió el comentario de una experiencia que había dado muy buenos resultados: los fines de semana colegas emprendedores salían con sus taxis con hasta seis personas desde lugares clave como la Plaza de Mayo hasta el Hipódromo de Palermo y diversas canchas de fútbol cobrando cincuenta centavos o un peso (según la distancia) por cada pasajero.

Si el mozo de este viejo café hubiera poseído la más mínima capacidad de intuir el porvenir, su fastidio por este grupo que ocupaba la mesa que daba a la ventana, se habría convertido en atenciones seguramente exageradas, porque los clientes sentados allí, vestidos humildemente, con cara de pocos amigos y los bolsillos flacos, eran los precursores, los creadores, los inventores, según la expresión de algún exagerado, del colectivo porteño, hecho que asombraría al mundo entero, sin duda, probando el ingenio criollo (aunque los hombres en cuestión pertenecieran a distintas nacionalidades)

Poco después los hombres se levantaron, aparentemente ya de acuerdo, con un extraño brillo en los ojos y salieron del bar acompañados de la mirada indiferente y aliviada del mozo.

Así pocos días después llego el ansiado lunes 24 de septiembre de 1928, día en que inició su recorrido la primera línea de "auto-colectivos".

La tarde anterior se habían puesto de acuerdo para comenzar con el servicio unos quince choferes, pero el comienzo de ese lunes era digno de una película de terror y si no hubiese sido por el entusiasmo puesto por estos pioneros seguramente hoy no habría colectivos, ya que esa mañana llovía sin parar desde las primeras horas de la madrugada.

Por la inclemencia del tiempo sólo se presentaron ocho choferes, sin embargo, la intención de construir la patria soñada y de no tener tan flacos los bolsillos impulsaba a estos hombres que a los gritos lograron poco a poco y con apuro conseguir los primeros pasajeros.

El recorrido estaba bien pautado: partiendo desde Primera Junta, efectuarían una parada en Plaza Flores y finalizarían en Lacarra y Rivadavia. Posteriormente realizarían el camino inverso (Rivadavia y Corro - Primera Junta, deteniéndose nuevamente en Plaza Flores).

El primer viaje no fue precisamente exitoso. Ninguno quería salir (la Municipalidad prohibía el uso colectivo de taxis) hasta que un valiente se animo. Al no encontrar ninguna persona dispuesta a oficiar de pasajero en este nuevo "invento", el primer auto colectivo viajo desde Primera junta hasta Rivadavia y Lacarra vacio. Pero lejos de desmotivarse al llegar a este punto y luego de unos minutos de espera subió un señor (cuyo nombre no ha quedado lamentablemente en la Historia), curioso y "gasolero" que se transformaría sin saberlo en el primer pasajero de un Auto colectivo y pasadas las 8:25 hs. de la mañana partió el primer servicio. A modo de recuerdo de este momento y como lugar histórico de nuestra ciudad de Buenos Aires, existe en Lacarra y Rivadavia un monolítico que rememora esta situación.

Había que gritarla

Todo se hizo más fácil luego de que el primer valiente entrara en el auto-colectivo. Se sentó atrás (no cuesta mucho imaginarlo: entre divertido y asustado, pensando satisfecho en lo económico que le saldría el viaje) y allí espero mientras observaba por la ventanilla a los choferes parados en la esquina gritando como locos para un lado y para el otro, anunciando los viajes por módicas sumas: "¡A Plaza Flores diez centavos! ¡A primera Junta veinte!". Poco a poco el pasaje aumentó hasta quedar constituido de la siguiente manera: atrás, cuatro pasajeros sentados; en los costados, o sea en los trasportines, tres y finalmente uno al lado del chofer, posición esta que a pesar de resultar privilegiada no tenía un costo adicional. Desde luego, esta enumeración estaba en relación directa con la capacidad del vehículo, pero en líneas generales así funcionó durante los primeros años.

  Así fueron evolucionando con el paso de los años

Una vez que estaban todos sentados, el auto (que además tenia capota tanto para protegerse en los días de lluvia como ese, como para las agobiantes jornadas del verano porteño) arrancaba y no se detenía hasta llegar al lugar destinado. Cabe agregar que hubo casos en que el pasajero que no viajaba hasta la terminal, tenía el privilegio de bajar inclusive en la puerta de su casa, con gran asombro y un poco de envidia de los vecinos que se preguntaban si ese buen hombre se había comprado un auto. Al llegar a la terminal, los pasajeros descendían y recién ahí abonaban la tarifa (no existían los boletos). Y nuevamente comenzaba a escucharse los gritos promocionando la tarifa, pero ahora en sentido inverso: "¡A Plaza Flores diez centavos! ¡A Lacarra y Rivadavia veinte!".

Los primeros resultados fueron esperanzadores, afonías aparte, y el "auto-colectivo" se expandió. A esta primera línea se le sumó otra y luego otra y luego otra más. Hasta que llegó el momento que fue necesario, para paliar el hecho de que tantas personas quieran tomar el subte en Primera Junta, prolongar el recorrido de esta primera línea hasta Plaza de Mayo.

 

 

  Década del los años cuarenta y cincuenta, siglo XX

      Década del los años sesenta y setenta y mediados de los ocheta, siglo XX   

 

  Década del los años noventa, siglo XX y en los días de hoy.



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