| |
Noticia - DD HH. 15.12.2011.
ARGENTINA - › LA CIDH ENTREGARA HOY AL JUEZ TORRES, PARA INCORPORAR A LA
MEGACAUSA ESMA, PARTE DE SUS LEGAJOS DESCLASIFICADOS
Imágenes que
prueban los vuelos de la muerte.
El expediente que
la Comisión Interamericana de Derechos Humanos hace público por primera vez
incluye más de 130 imágenes e informes de las fuerzas de Uruguay sobre el
hallazgo de cuerpos arrastrados por el mar durante la dictadura.
Por Alejandra Dandan.

El informe es un
texto mecanografiado, fechado el 22 de abril de 1976. Alguien, que podría
haber sido un perito, describe las referencias del hallazgo de un cuerpo de
sexo femenino, cutis blanco, cabello negro, estatura 1,60 metro; complexión
mediana; de unos treinta años y con un tiempo de muerte aproximado de entre
20 y 25 días. El cuerpo apareció, según la misma referencia, en la Laguna de
Rocha, de Uruguay, comunicada con el mar. Físicamente “presentaba indicios
externos de violencia: signos de violación, probablemente con objetos
punzantes; fracturas múltiples y el codo izquierdo destrozado; múltiples
fracturas en ambas piernas con indicios de haber sido atadas; enorme
cantidad de hematomas diseminados por todo el cuerpo; destrozo total del
cráneo y del macizo oseofacial”. No encontró el perito “ningún posible
elemento identificatorio”: “El cuerpo fue extraído desnudo de las aguas y
las huellas dactilares obtenidas no arrojaron respuestas positivas”.

El informe
conservado hasta ahora entre los archivos de la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) ve la luz por primera vez en 32 años. Es parte de un
legajo con más de 130 imágenes y partes de la Prefectura y el servicio de
inteligencia uruguayos sobre el hallazgo de cuerpos arrastrados por las
corrientes marinas hasta las costas de ese territorio, durante los años de
la dictadura argentina. Los informes más viejos datan de 1975. Los indicios
permiten inferir que serían desaparecidos argentinos. Entre los papeles, un
mapa muestra los ciclos de las corrientes y ubica las costas de Buenos Aires
como punto de partida. Los documentos son para la Justicia una de las
pruebas más claras de la existencia de los vuelos de la muerte: las imágenes
muestran los cuerpos atados con ligaduras en las manos y las piernas, sogas
armadas con tiras de persianas y marcas de torturas. Los documentos llegaron
al país en manos del secretario ejecutivo de la CIDH, el argentino Santiago
Cantón, que hoy los entregará en nombre de la Comisión al juez Sergio
Torres, encargado de la megacausa ESMA.

Como informó
Página/12, para la CIDH la entrega de los documentos representa un cambio de
paradigma en su funcionamiento porque es la primera vez que abre sus
archivos confidenciales para un proceso de justicia. El valor de los
documentos todavía es materia de análisis, pero el juzgado los considera
clave no sólo por los vuelos sino porque podrían habilitar una solicitud
para que el Estado uruguayo desclasifique todos los documentos relacionados
con el hallazgo de cuerpos en la misma época.
La carpeta de
documentos tiene solapas de cartulina, todavía contiene los archivos
originales, organizados aparentemente por personas, con más de una imagen en
cada caso. Las imágenes son impactantes porque, además del estado de los
cuerpos, intentan mostrar algunas de las características de los procesos a
los que fueron sometidos. En una se ven marcas que parecen ser rastros de la
picana en las piernas de una mujer, cuyos dedos están pintados con esmalte
de uñas. En otras, hay cables, sogas y trozos de sogas de persianas
sujetando las manos de las víctimas, que para el juzgado podrían ser pruebas
del modo en que eran “trasladados” los desaparecidos durante los vuelos de
la muerte. “Las imágenes están diciendo que esas personas eran tiradas con
ligaduras, muestran cómo los sacaban, tienen el valor de tener además datos
de los antecedentes o los pasos previos porque muestran que esos cuerpos
están marcados con picana, que fueron entonces arrojados al mar en
determinadas condiciones”, dicen en el juzgado.

La primera prueba
categórica sobre la existencia de los vuelos apareció en 2005 con la
identificación de tres cuerpos de Madres de Plaza de Mayo, entre ellos el de
Azucena Villaflor, enterrados como NN en el cementerio de General Lavalle.
Según el informe del fiscal Eduardo Taiano y el trabajo del Equipo de
Antropología Forense (EAAF), los cuerpos presentaban “múltiples traumatismos
originados por el choque contra una superficie dura y las fracturas típicas
que presentan los huesos largos (eran) compatibles con las producidas por
haberse arrojado el cuerpo al mar en los vuelos de la muerte, previa
inyección del sedante Pentotal”.
La carpeta
El origen de la
carpeta 37 con los archivos de la CIDH todavía es un misterio. Incluso para
Cantón. En una de las solapas, de todos modos, se lee “Argentina observation
in loco”. Es decir, el archivo corresponde a los documentos que la CIDH
habría tomado durante su visita a la Argentina entre el 6 y el 20 de
septiembre de 1979. Uno de los problemas para precisar su procedencia es que
le falta información de contexto, como la que poseen otros documentos
acumulados en esa visita. “Esto estaba en una carpeta guardada hace treinta
años –dice Cantón–. Si uno va a ver el archivo tiene que suponer que se
entregó durante la visita de la comisión, pero, si fue así o no, no se puede
saber. Se pudo haber archivado mal o pudo haber sido información relevante
para la visita y se entregó después, pero todo eso lo desconocemos. Son 130
fotos en total. Y es de suponer que están tomadas por un perito. No son
fotos de un turista. Lo hizo la Prefectura uruguaya y la policía, se nota
con el correr de las hojas que al comienzo lo hicieron con mucha más
inocencia y después, cuando se dan cuenta, parecen haber cambiado de
fórmula.”
Con el paso del
tiempo, hoy puede entenderse que esa documentación que ahora se judicializa
por primera vez no contiene las únicas imágenes o los únicos informes que se
conocieron de los aparecidos argentinos en la costa uruguaya. El mismo
Cantón quiso dejar a salvo ese punto. Porque ni para la CIDH ni para el
juzgado importa mucho hoy cuánta difusión hayan tenido estas imágenes en
otros espacios, sino que estaban archivadas donde estaban archivadas y que
por primera vez una causa que investiga los vuelos de la muerte las
incorpora como prueba.
Las fotos, al
parecer, tuvieron su propia historia fuera de esos archivos. Es posible
pensar que copias de ese juego u otras distintas hayan sido las imágenes que
capturó un ex marino uruguayo, Daniel Rey Piuma, que desertó de la fuerza,
pidió refugio en Brasil y difundió las imágenes a través de una organización
civil a comienzos de los ’80 y luego con un libro, Un marino acusa.
Publicado en 1988, el libro no muestra las fotos de los cuerpos por su
truculencia, pero reseña informes que coinciden con las que estaban en la
CIDH.
Otra pista de la
circulación de esas fotos la tiene el Equipo Argentino de Antropología
Forense. Los antropólogos que trabajan en la identificación de cuerpos
hallados en cementerios de Uruguay cuentan con informes que reflejan los
datos existentes en la Justicia uruguaya. Entre esos informes, tienen datos
del hallazgo de tres cuerpos el 22 de abril de 1976, como también los hay en
el legajo de la CIDH. Y hace años trabajaron en la identificación de otro
cuerpo que parece coincidir con otro registrado en el legajo de la CIDH,
porque menciona la marca de un tatuaje: “FA”. Para el EAAF, aquel cuerpo
podría ser el de Floreal Avellaneda, porque ellos mismos hicieron la
identificación antes del juicio realizado en San Martín y, entre otros
datos, trabajaron con un tatuaje marcado con esas misma letras.
“Yo no sé si estas
fotos han sido o no han sido publicadas alguna vez, pero, sin perjuicio de
eso, el valor que tienen hoy por hoy es el valor judicial –dice Cantón–.
Porque el juez no las tiene y todas estas cosas le permiten, creo yo probar
la existencia de un plan sistemático: indican que los ataban y los tiraban y
eso hasta ahora no está probado judicialmente. Todo el mundo sabe que
existían los vuelos de la muerte, pero no existe una prueba judicial.”
Los datos
El legajo tiene
tres grandes grupos de documentos: informes mecanografiados de tipo
pericial, fotos y mapas. Los informes relevan características físicas de las
personas al momento de ser encontradas y entre los datos arriesgan una
hipótesis sobre el presunto momento de la muerte. La indicación de que la
persona podría haber muerto 25 o 30 días antes, por ejemplo, puede ser un
indicador para pensar el momento de los “traslados”. También hay
descripciones de marcas de pantalones, en ocasiones ropa que sólo se
fabricaba en Argentina.
Otro de los
informes a los que accedió Página/12, del 22 de abril de 1976, describe a
una persona de la que no pudieron establecer el tipo de cutis con exactitud:
“posiblemente fuera de raza blanca o amarilla”. De sexo masculino, de entre
30 y 40 años, con cabello “imposible de determinar”, una complexión mediana
y un tiempo de muerte estimado entre 25 y 30 días. Los datos son un
indicador, por ejemplo, de una de las razones por las que en algún momento
los uruguayos creyeron en la hipótesis de que los cuerpos que aparecían en
las costas pertenecían a las víctimas del naufragio de un barco asiático. Si
bien es posible que los peritos hubiesen puesto “raza blanca o amarilla”
porque los rasgos de las personas aparecían alterados por la hinchazón,
algún dato de los legajos parece señalar que la versión fue difundida por
los militares o la policía uruguaya en el marco de una campaña de
desinformación, especulan en la CIDH. Una hipótesis que a los antropólogos
del EAAF no les cierra, porque consideran posible la confusión.
Además de las
imágenes, hay mapas. Uno señala con referencias las zonas con cuerpos
encontrados (Montevideo y Colonia) y las zonas en las que se encontraron
restos humanos (entre Carmelo y Colonia, Colonia y Montevideo, y La Paloma y
Castillos). Otro mapa es de corrientes marítimas y señala a Buenos Aires
como la zona donde fueron arrojados los cuerpos.
Fuente: Diario Pagina/12.
|
|
Noticia - DD HH. 29.11.2011.
>
ARGENTINA - INTERNACIONALES - LA
COMISIÓN INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS DESCLASIFICARA DOCUMENTOS DE SU
INFORME SOBRE LA DICTADURA.
Lo que encontró la CIDH, 32 años después.
Por
primera vez en su historia, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)
desclasificará sus archivos. Lo hará con la Argentina, para aportar a las
investigaciones de la causa ESMA los documentos que recogió en su histórica
visita de 1979, donde se reunió con víctimas y victimarios.
Por iniciativa del juez
Sergio Torres, que investiga la megacausa ESMA, la CIDH cederá documentos
del informe elaborado a partir de su visita de 1979. Los funcionarios
judiciales fueron a Washington donde encontraron 65 cajas con documentación.
Por Alejandra Dandan.
Las cajas de documentos que durante la dictadura dieron sustento al informe
de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) empezaron a volver
al país. Se trata de una medida inédita en este organismo de la OEA que
durante años recibió e, invariablemente, rechazó pedidos de acceso a los
documentos, tanto de jueces argentinos como del resto de la región. Una
misión a Washington encabezada por el juez federal Sergio Torres, en el
marco de las investigaciones por la megacausa de la ESMA, terminó de
habilitar la desclasificación de documentos, en una decisión que la CIDH la
considera histórica y consigna como un reconocimiento a los procesos de
verdad, justicia y memoria desarrollados en el país. Durante la estadía,
Torres digitalizó sólo una parte de las 65 cajas de archivos con informes
ligados al centro clandestino de los marinos. Los documentos servirán como
prueba para reforzar tramos de la megacausa, pero en las cajas hay además
archivos de valor histórico. Ahora todo está guardado en el juzgado,
reservado, aunque a disposición de las partes. La discusión ahora hacia el
interior de la OEA es si se trata de una excepción o es un antecedente para
otros países de la región (ver nota aparte).
“Es una foto de la época que nadie puedo tomar, no hay otros registros”,
dice Pablo Yadarola, secretario del juzgado, uno de los que integró la
misión. “Mi sensación es que cuando uno vuelve a mirar esos papeles a la luz
de la historia lo que ve es, entre las cartas de los familiares, un último
pedido de auxilio, porque dentro del país todo estaba prohibido.”
Los relatos de quienes se aproximaron a dar testimonio durante la inspección
de la CIDH al país en diciembre de 1979 contienen el tempo del tiempo
presente con detalles y enorme cantidad de datos, que cobran mayor fuerza
cuando se los compara con los que se escuchan más de 30 años después en los
juicios de lesa humanidad.
Uno de los ejemplos es el caso de la mujer de Alberto Samuel Falicoff,
médico que realizaba prácticas en el hospital de niños de Córdoba. Los dos
fueron trasladados a la ESMA. Su mujer salió al cabo de un mes
aproximadamente y denunció el caso ante la CIDH, antes de la visita del
organismo al país. Ese testimonio reúne dos características. Es el único de
aquel caso, porque su mujer no volvió a declarar y el relato lo usó por lo
menos una de las querellas en el juicio como prueba de ese secuestro. Pero
su potencial radica en la fuerza de la inmediatez, un dato que podría
reencontrarse en los documentos que quedaron de lado.
“En el baño el guarda me saca la capucha, me pregunta cuántos años tengo, si
soy casada y si tengo hijos”, dice la mujer. “El es un pibe de
aproximadamente 17 años. Se porta muy atento y me pide que lea lo que dice
en mi capucha y veo escrito con fibra sobre la tela ‘posible franco’. Le
digo qué significa y me dice que me van a largar. Su única misión es cuidar
que los prisioneros no hablen, no levanten la capucha y a los que lo hacen
pueden pegarles a gusto hasta matarlos.” Le contó que el día anterior le
tocó ir a una casa que alguien había denunciado. Que como los dueños
trataron de escapar “tuvieron que disparar y mataron a la mujer joven con un
niño. Que después pudieron comprobar que no tenían nada que ver, que a él le
había hecho mal pero que toda la culpa la tiene quien denuncia a gente
inocente”.
El viaje
Torres decidió pedir los documentos por dos razones. Para ampliar la base de
pruebas de las víctimas ya identificadas y, además, para buscar nombres de
víctimas hasta ahora no identificadas. Antes de iniciar el viaje, el juzgado
mandó un listado con las algo más de 900 víctimas que pasaron por la ex ESMA,
con nombres de los acusados. La CIDH hizo una primera clasificación de
archivos que arrojó más de 200 coincidencias.
En Washington, el juzgado encontró 65 cajas con unos cien legajos cada una.
De la primera clasificación, hecha en una semana, entendieron que de las 65
cajas, unas 55 tienen legajos de la víctimas, una parte de las cuales sigue
“reservadas” porque los denunciantes le pidieron a la CIDH mantenerla en
esos términos. Y 10 cajas son documentos cuyo valor no sólo es judicial sino
histórico porque, entre otros elementos, guardarían las entrevistas que
mantuvieron los seis funcionarios del organismo. Entrevistas con jerarcas de
la dictadura como Jorge Rafael Videla, Roberto Viola, Albano Harguindeguy o
Adolfo Gabrielli, entonces presidente de la Corte Suprema. También Luciano
Benjamín Menéndez y con ex presidentes como Héctor Cámpora o Arturo Frondizi.
Con la Iglesia Católica, integrantes de organismos de derechos humanos,
asociaciones empresarias y gremiales. También, se sabe, hay encuentros con
asociaciones de “víctimas del terrorismo”, que se acercaban a hacer lobby a
favor del país del “somos derechos y humanos”.
El modo en el que usará la información y su circulación de momento está
limitada a los que intervienen en el juicio: fiscales, defensores y
querellas. Desde el juzgado subrayan su carácter reservado y secreto dado el
futuro que puede tener esta decisión en el marco de la OEA parece sujeta a
las lides diplomáticas.
La comisión
En la historia de la ESMA el paso de la comisión marcó un antes y un después
distinguible en su edificio. Mientras los marinos se preparaban para la
visita, trasladaron a los detenidos a la isla El Silencio, del Tigre,
propiedad de la Iglesia Católica, actividad operativa que estuvo a cargo del
represor Ricardo Cavallo. En el edificio tapiaron una de las puertas de
acceso y modificaron la planta principal.
La comisión recibía denuncias desde 1975, pero después del golpe de Estado
del 24 de marzo de 1976 las denuncias se convirtieron en avalanchas de
reclamos. Sus integrantes empezaron a expresarle al gobierno argentino su
“preocupación por el número cada vez más grande de denuncias y por las
informaciones de distintas fuentes que hacían aparecer un cuadro de
violaciones generalizadas y sistemáticas de derechos y libertades
fundamentales”, como recordaron Emilio Mignone y Agusto Conte en la
introducción de lo que años después iba a ser el Informe Prohibido, informe
de la OEA sobre la situación de los derechos humanos en Argentina.
“Como las respuestas de la dictadura fueron insuficientes –cuando
contestaba– o carentes de verosimilitud sugirieron el envío de una misión.”
El 18 de diciembre de 1978 la dictadura aceptó la inspección, pero como
consecuencia de las presiones y esfuerzos dilatorios terminó realizándose un
año más tarde: entre el 6 y el 20 de septiembre de 1979.
La visita se boicoteó internamente con la campaña “destinada a desprestigiar
al organismo presentando su actuación como intromisión en asuntos internos”,
recuerda ese libro. Algo que puede verse en las páginas de los diarios de la
época, que reproducen solicitadas de empresas y títulos con la lógica del
boicot. Decíamos ayer, de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta compiló algunas
imágenes: la tapa de la revista Somos del 7 de septiembre de 1979, que
caricaturiza a un funcionario de la CIDH que aparece con una lupa apuntando
a las narices de un militar: “Comisión de Derechos Humanos ¿Qué buscan?”,
decía el título. Pocos días antes, el Banco Provincia publicó una solicitada
en La Prensa: “Los argentinos somos derechos y humanos”. El 13 de
septiembre, el diario La Razón presentó un textual del cardenal Primatesta
en el que decía que la Iglesia “ratificó su posición respecto de la realidad
nacional”. Realidad que había sido reseñada el 9 de septiembre, en Clarín.
Monseñor Guillermo Bolati, arzobispo de Rosario, decía: “Cada país debe
regular los derechos humanos. No deben ser los extranjeros los que nos
vengan a indicar qué tenemos que hacer”. El 22 de septiembre, cuando la
comisión dejó el país, La Nación difundió la posición oficial ante la
visita: “La Argentina solo se confiesa ante Dios”. El mismo día, La Prensa
reprodujo una frase de Harguindeguy: “La Argentina no tiene nada que
ocultar”. Y luego: “Mentiras infames sepultadas por la verdad incontrastable
y comprobada”.
Para entonces, los periodistas que habían estado cubriendo la inspección de
la comisión a la cárcel de Devoto dejaron constancia de que habían sido
fotografiados individualmente. Y que frente las oficina de la OEA, en
Avenida de Mayo, se “ha advertido la presencia en las reuniones de prensa de
personas que no es posible identificar como prensa de ninguno de los medios
conocidos”. Carmen Lapacó era una de las mujeres que hicieron la fila en la
sede la OEA de Avenida de Mayo.
La comisión aprobó el informe el 11 de abril de 1980, pero el ingreso de ese
documento al país estuvo prohibido. Mignone y Conte lo explicaron en la
edición que se logró hacer en 1984: “Pese a su interés e importancia es
prácticamente desconocido en nuestro país. Cuando apareció, los diarios y
revistas argentinas –por sugerencia del gobierno militar– se limitaron a
transcribir sus conclusiones seguidas de una refutación elaborada por el
régimen (...). Las organizaciones de derechos humanos no encontraron
entonces una sola imprenta dispuesta a correr el riesgo de imprimirlo”. Unos
500 ejemplares lograron ser traídos desde Washington y se reprodujeron
clandestinamente.
“El CELS todavía estaba en su sede d Viamonte –explica Carmen Lapacó–.
Emilio Mignone trajo el informe de allá y entonces me acuerdo de que Noemí
Labrune y yo sacábamos de ese informe hojas, no seguidas sino de lugares
distintos, de a dos o de a tres, del medio. Había pocos lugares con
fotocopiadora, íbamos a una y después a otra: nos recorrimos medio Buenos
Aires para que no se dieran cuenta qué era. Una vez, a Noemí le pasó que el
hombre que le iba a sacar las fotocopias le dijo: ‘Usted es una subversiva’,
y le tiró los papeles en la cara. Dado ese antecedente, otra vez yo llevé
otras a un lugar en Caballito. Voy a buscarlas. Dos muchachos jóvenes de una
imprenta dicen: ‘¿Por qué están así cortados? Nosotros tenemos interés en
tener todo’. Pero con lo que había pasado, les dije que trabajaba en un
estudio jurídico, del miedo que tenía. Me dicen: ‘Dígales a los abogados que
nos den todo que les hacemos un precio especial’. Salí y me tomé un taxi,
vivíamos con miedo.”
Cuando estuvieron listas todas las fotocopias, cuenta, se reunieron con Luis
Zamora y empezaron a armar los juegos. Zamora hacía los agujeros en las
hojas. “Pero cuando hubo que armarlos no teníamos nada porque había en ese
momento ganchos como los de ahora, yo tenía de casualidad en mi cartera unos
anillos para colocar la cortina del baño y vimos que servían. Entonces, se
compraron ganchos de cortina del baño, lástima que ahora yo no tengo mi
ejemplar, que quedó en el CELS.”
Como también revelaba Mignone, esas copias se entregaron en mano a jueces,
obispos, periodistas y personalidades relevantes. Obviamente, también entre
las organizaciones de derechos humanos y familiares, que fueron quienes
costearon la precaria y clandestina edición. En 1980, el Informe Prohibido
tiene la estructura y la potencia de lo que años más tarde sería el Nunca
Más. Dejó constancia de los desaparecidos, de los centros clandestinos, de
los mecanismos de secuestros y torturas.
Fuente: Diario Pagina/12.
|