Cultura y arte

El hijo de El Facha Martel que dejó las cámaras y hoy vende propiedades en Estados Unidos

Román Martel creció en el centro de la tormenta familiar de los años 80, sobrevivió a las tragedias que marcaron el verano de 1988 y eligió una vida anónima como agente inmobiliario lejos de la Argentina.

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El hijo de El Facha Martel que dejó las cámaras y hoy vende propiedades en Estados Unidos
La Nación — Espectáculos

La historia de Román Martel es la de alguien que decidió no heredar el brillo ni el peso de una fama que marcó una generación. Hijo de “El Facha” Martel, una de las figuras más populares del espectáculo argentino de los años 80, Román creció entre flashes, giras y una intimidad familiar que muy pronto se volvió pública y dolorosa.

Aquellos veranos de 1988 quedaron grabados en la memoria colectiva como uno de los capítulos más oscuros del mundo del entretenimiento local. La adicción de su padre, las crisis que se ventilaban en los medios y las pérdidas que golpearon a la familia transformaron lo que debería haber sido una infancia de privilegios en un recorrido de resiliencia y silencio elegido. Román, lejos de buscar el protagonismo, optó por alejarse de las cámaras y construir su propio camino.

Hoy, a miles de kilómetros de Buenos Aires, se gana la vida como agente inmobiliario en Estados Unidos. Un perfil bajo, sin redes sociales que lo expongan y sin declaraciones que alimenten la nostalgia. Es una decisión que habla de madurez y de una necesidad profunda de proteger su propia historia. Quienes lo conocieron en la adolescencia cuentan que siempre fue un joven observador, más interesado en los detalles concretos de la vida que en los reflectores.

La figura de su padre, carismático, controvertido y talentoso, sigue despertando recuerdos en cualquier charla de barrio o mesa de bar notable. “El Facha” representaba una época de excesos, risas televisadas y también de dramas que se resolvían (o se agravaban) frente al público. Román vivió ese contraste en primera fila: la euforia de los shows, el cariño de la gente y, al mismo tiempo, la fragilidad de una familia expuesta.

Sobrevivir a ese verano más oscuro del espectáculo no fue solo cuestión de suerte. Fue, según quienes siguen su historia de lejos, una combinación de carácter, distancia geográfica y la decisión consciente de no repetir patrones. En el mercado inmobiliario estadounidense encontró un terreno donde sus habilidades de escucha, empatía y conocimiento del detalle le sirven para ayudar a familias a encontrar su lugar, algo que él mismo tuvo que construir con esfuerzo.

En una ciudad como Buenos Aires, donde la memoria es larga y el chisme de espectáculo sigue siendo moneda corriente, la elección de Román de desaparecer del radar genera tanto respeto como curiosidad. No es el típico hijo de famoso que vive de la herencia mediática. Es alguien que prefirió el anonimato de una profesión “de civil” y un país distinto para rearmar su identidad.

Su historia invita a pensar en cómo los hijos de las estrellas manejan el peso de un apellido conocido. En un mundo donde todo parece destinado a las redes y al contenido permanente, Román Martel representa la opción contracultural: el silencio como forma de libertad. No da entrevistas, no publica fotos de su vida actual y, según quienes tuvieron contacto reciente con él, mantiene un cariño prudente por sus raíces argentinas sin dejarse definir por ellas.

Mientras tanto, en Palermo, en Almagro o en cualquier mesa de café porteño, todavía se recuerda con cariño y con dolor aquella época de los 80. El verano de 1988 sigue siendo un punto de referencia incómodo para el espectáculo local, un recordatorio de que detrás de las luces siempre hay vidas reales que pagan el precio de la exposición.

Román, con su trabajo en bienes raíces en Estados Unidos, demuestra que hay formas distintas de triunfar. Lejos de los sets, lejos de los titulares y cerca de una rutina que él mismo eligió. Una lección silenciosa de que sobrevivir, a veces, es también saber cuándo y cómo alejarse.

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