Eugenio Zanetti, el artista que escapó de las etiquetas y se enamoró del cine
El multifacético creador argentino, oscarizado por su trabajo en el cine, falleció a los 81 años. Pintor, escenógrafo, director de arte y autor, estaba por reponer una obra en el Teatro Colón.
La noticia de la muerte de Eugenio Zanetti sacudió el mundo de la cultura porteña y nacional. El artista, que a lo largo de su vida rechazó ser encasillado en una sola disciplina, falleció a los 81 años dejando un legado que atraviesa el teatro, el cine, la pintura y la ópera.
Nacido en Buenos Aires, Zanetti fue uno de esos creadores raros que transitaron con naturalidad por el diseño escenográfico, la dirección artística, la pintura y la escritura. Su nombre cobró dimensión internacional cuando ganó el Oscar por su trabajo en “Restoration” (1995), donde su capacidad para construir universos visuales deslumbró a la Academia. Pero para los que seguimos su carrera desde acá, ese premio fue solo un punto de llegada en una trayectoria mucho más rica y menos lineal.
En la ciudad que lo vio crecer, Zanetti dejó huella en salas icónicas. Su vínculo con el Teatro Colón era profundo y activo: estaba preparando la reposición de una obra para la prestigiosa sala cuando le llegó el final. Esa noticia, que se filtró en los pasillos del Colón durante los últimos meses, hablaba de un hombre que nunca se jubiló de la creatividad.
Lo que más llamaba la atención de Zanetti era su rechazo a las etiquetas. No se definía como “escenógrafo de cine” ni como “pintor que hace teatro”. Era todo al mismo tiempo, con una curiosidad que lo llevó a explorar desde el hiperrealismo en sus cuadros hasta las atmósferas opresivas o oníricas que construyó para películas y óperas. Ese amor tardío pero profundo por el cine lo convirtió en un referente para varias generaciones de directores de arte argentinos que hoy trabajan en producciones internacionales.
Sus colegas del ambiente cultural porteño lo recuerdan como un tipo de conversación pausada, con un humor seco y una memoria prodigiosa para anécdotas de ensayos, giras y estrenos. En las mesas de bares de San Telmo o en los cafés de barrio de Recoleta, donde solía aparecer, dejaba frases que se quedaban dando vueltas: siempre priorizaba la emoción visual por sobre la grandilocuencia técnica.
Zanetti también incursionó en la dirección teatral y en la autoría. Sus puestas se caracterizaban por una estética cuidada hasta el último detalle, donde la luz, el color y la textura del material escenográfico contaban tanto como los actores. Esa mirada de pintor nunca lo abandonó, ni siquiera cuando trabajaba para la gran pantalla.
En un país donde muchas veces se premia la especialización extrema, su carrera fue un recordatorio de que el talento puede –y debe– desbordar las fronteras disciplinarias. Desde las salas alternativas del under porteño hasta los estudios de Hollywood, Zanetti demostró que un artista argentino puede dialogar de igual a igual con las industrias más exigentes del mundo sin perder la raíz.
Su partida invita a revisar su obra con atención renovada. Las producciones en las que participó, tanto en cine como en teatro lírico, siguen disponibles en plataformas y archivos. Vale la pena volver a verlas con la mirada de quien sabe que detrás de cada plano o cada telón había un hombre que entendía el arte como un territorio sin límites.
Buenos Aires, que tantas veces despidió a sus grandes creadores con aplausos y con silencios, hoy se queda un poco más huérfana. Pero también más rica por todo lo que Zanetti dejó para que sigamos descubriendo. Porque los verdaderos artistas no se van del todo: se quedan en las escenografías que todavía iluminan, en los cuadros que siguen colgados y en las ideas que inspiran a los que vienen atrás.