Marina Rosenthal: el último amor de Cacho Castaña y su lucha por mantener vivo su legado en Café La Humedad
A siete años de la partida del cantor, su viuda Marina Rosenthal lleva adelante el bar teatro que fundaron juntos en Buenos Aires. En charla con la redacción, cuenta cómo sigue honrando su memoria con música, tangos y la calidez de siempre.
A casi siete años de la muerte de Cacho Castaña, Marina Rosenthal sigue al frente del espacio que compartieron con tanto cariño. Café La Humedad, ese bar teatro del barrio de Villa Crespo que fundaron juntos, se convirtió en su manera de mantener viva la voz, las canciones y la bohemia del artista.
El lugar, con su impronta tanguera y porteña, sigue abriendo sus puertas para shows en vivo, milongas y encuentros que recuerdan el espíritu del cantor de “Y sigo acá”. Marina cuenta que cada rincón del café lleva un pedacito de la historia que vivieron: desde las mesas donde se armaban guitarreadas hasta las paredes con fotos y afiches que cuentan sin palabras quién fue José Ramón “Cacho” Castaña.
“Es una responsabilidad hermosa y pesada al mismo tiempo”, dice con esa mezcla de emoción y fortaleza que la caracteriza. Para ella, no se trata solo de administrar un bar, sino de cuidar un legado que trasciende las grabaciones y los discos. Se trata de la forma de estar en el mundo que tenía Cacho: generoso, divertido, con esa sabiduría de barrio que transmitía en cada charla y en cada letra.
En Villa Crespo, el café se ha vuelto un punto de referencia para músicos jóvenes y para aquellos que crecieron escuchando sus tangos. Los viernes y sábados suelen programarse números en vivo que van desde repertorios clásicos hasta versiones frescas de sus temas más emblemáticos. Siempre con la recomendación de verificar horarios y disponibilidad antes de ir, porque la agenda cambia según la temporada y los artistas invitados.
Marina Rosenthal no solo administra el espacio, sino que también participa activamente: elige el repertorio, conversa con el público y, cuando la noche lo pide, hasta se anima a cantar algún tema. Su presencia es la que asegura que el lugar no se convierta en un museo frío, sino que siga latiendo con la misma calidez que Cacho imprimía en cada aparición.
El barrio de Villa Crespo acompaña. Con su mezcla de vecinos de toda la vida, artistas y nuevos residentes, el público que llega a Café La Humedad es tan variado como las canciones del repertorio de Castaña. Algunos vienen por nostalgia, otros por curiosidad y muchos terminan repitiendo porque encuentran un ambiente que ya no es tan fácil hallar en la ciudad: auténtico, sin postureo y con olor a café recién molido.
Mantener vivo el legado también implica decisiones concretas. Desde elegir qué se sirve en la carta (con guiños a los gustos de Cacho) hasta programar fechas que respeten el espíritu original del bar teatro. No es un trabajo fácil en una ciudad donde la gastronomía y la cultura cambian tan rápido, pero Marina lo encara con la misma pasión que la unió al cantor en sus últimos años.
Para quienes quieran acercarse a esta historia, el consejo es simple: reservar una mesa en Café La Humedad un fin de semana, dejarse llevar por la música y prestar atención a los detalles. En las pausas entre canción y canción, cuando la luz es baja y el público aplaude con ganas, se siente que Cacho sigue ahí, de alguna manera, riéndose bajito desde alguna mesa del fondo.
Villa Crespo, con sus calles arboladas y su historia de conventillos y fábricas, resulta el marco perfecto para este tipo de homenajes vivos. No es un museo ni un sitio turístico armado; es un bar de barrio que late con memoria y presente al mismo tiempo. Y Marina Rosenthal, con su empeño diario, se encarga de que esa llama no se apague.