Gastronomía y bares

La parrilla argentina que conquistó al New York Times con dos estrellas y un elogio que lo dice todo

A solo cuatro meses de abrir en el West Village, Graciela recibió dos estrellas del NYT y el sello Critic’s Pick. La crítica Ligaya Mishan resumió la magia en una frase: “Esta gente realmente entiende de vacas”.

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Cortes de carne dorándose sobre una parrilla con brasas
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El ritual porteño de la parrilla cruzó el charco y ya tiene su primera gran validación internacional. Apenas cuatro meses después de abrir sus puertas en julio de 2026, Graciela, el restaurante de Pablo Rivero en el West Village de Nueva York, recibió dos estrellas de The New York Times y la distinción de Critic’s Pick en una reseña que salió el pasado martes 3 de noviembre.

La crítica Ligaya Mishan, una de las plumas más respetadas del mundo gastronómico, recorrió el local de Greenwich Avenue y Bank Street y se rindió ante una convicción que en Buenos Aires suena a sentido común: para hacer un buen asado no basta con saber manejar el fuego, hay que entender al animal. Mientras probaba un ojo de bife, dejó la frase que ya circula como mantra: “Esta gente realmente entiende de vacas”.

Graciela es la primera aventura internacional de Pablo Rivero, el mismo que levantó Don Julio en Palermo (con estrella Michelin y estrella verde) y El Preferido, dos lugares que cambiaron la forma de pensar la cocina de barrio porteña. El nombre del restaurante es un homenaje a su mamá y la propuesta busca llevar el espíritu del bodegón argentino sin caer en la postal folclórica.

En el centro del salón funciona una parrilla argentina de más de tres metros construida especialmente para el proyecto. Al lado, un horno Josper español. Ambos se alimentan con carbón de quebracho blanco que Rivero hizo traer desde la Argentina. La idea es replicar la cocción lenta y contenida que se usa en Buenos Aires, en contraste con las altas temperaturas y el humo más agresivo del Josper.

La crítica del NYT destaca que Graciela se aleja del modelo de steakhouse estadounidense, donde el corte gigante suele ser una demostración de abundancia. Acá la carne es parte de una cultura cotidiana, un lenguaje compartido. Mishan describió la costra oscura y fina, el interior rosado y jugoso, y el sabor de una carne criada a pasto con terminación a grano, sin necesidad de salsas que la tapen.

El menú no gira solo alrededor del asado. Hay empanadas, milanesas, fainá, charcutería hecha en casa y una fuerte presencia de verduras de estación. “La gente puede venir por el bife, pero queremos que se vaya hablando de las verduras”, dijo uno de los socios, Adam Saper. Platos como berenjena quemada, carpaccio de tomates, pimientos asados o morillas con avellanas buscan equilibrar la carta.

Al frente de la cocina está Victoria DeGiorgio, que fue jefa en El Preferido. En la parrilla, Nicolás Stadnitchi, formado en Don Julio. También sumaron a Jason Pfeifer, con paso por Per Se, Gramercy Tavern y Maialino, y a parte del equipo de salón que ya trabajaba con Rivero en Buenos Aires. La idea fue trasladar no solo recetas, sino formas de trabajo y hospitalidad.

La carta de vinos, claro, tiene peso propio. Rivero fue elegido mejor sommelier del mundo en 2024 por The World’s 50 Best Restaurants y en Graciela se nota: etiquetas argentinas conviven con una selección pensada para maridar con la parrilla y el resto de la propuesta.

El interior mezcla vigas de madera recuperada, paredes revocadas a mano, azulejos hechos a medida y superficies de travertino y mármol. Busca evocar los cafés históricos porteños pero sin perder el carácter arquitectónico del West Village. El resultado es un ambiente cálido, sin solemnidad innecesaria, donde la carne se cocina con respeto y se comparte en mesa.

Que un medio como The New York Times le dedique una crítica extensa tan poco tiempo después de la apertura habla de la expectativa que generó el proyecto. El título de la nota lo dice todo: “Argentina’s Star Steakhouse Brings Its Sizzle to New York”. La chispa porteña ya prende en Manhattan.

Desde acá, con la prudencia de siempre: si estás por Nueva York y querés probarla, verificá horarios y disponibilidad antes de ir, porque la ciudad cambia rápido y las mesas en lugares con semejante repercusión se mueven a otro ritmo. Pero si tenés la chance, vale la pena vivir el ritual argentino en versión neoyorquina.

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